miércoles, 4 de junio de 2008

El Universo de Francisco Tún

Por Guillermo Monsanto.
Pocos creadores guatemaltecos gozan del privilegio que su obra sea admirada por los propios artistas y, al mismo tiempo, respetada por el público en general. El fenómeno toma otra dimensión cuando se trata de un creador originario de los sectores periféricos de la capital que, además, fue visitante asiduo de cárceles en la ciudad de Guatemala, Chimaltenango y Panajachel. Ello, sin tomar en cuenta su afición por el alcohol, actitud de vida reprobada abiertamente por los círculos que solían coleccionar sus objetos artísticos.

Descubierto en un certamen por la crítica francesa Edith Recourat, Tún adquirió fama a través de múltiples exposiciones personales y colectivas. Más adelante, a la muerte de ésta en 1974, tanto el autor como su obra, entran en un limbo. Reaparecen en 1978 y en esos años, explora exitosamente innumerables medios manifestándose desde distintas formas de expresión. En 1984 decide, voluntariamente, no volver a poner un pie en ninguna sala de exhibiciones. Muere poco después, a finales de la década, en un accidente de tránsito.

En 1996, el trabajo de Tún reaparece en el Museo Nacional de Arte Moderno a través de una exhibición retrospectiva que incluyó casi un centenar de piezas, junto a la publicación de un libro sobre su vida y obra. Con posterioridad, su producción se destaca especialmente en compendios como el libro Arte Naïf, patrocinado por UNESCO (y algunas entidades bancarias), tapas de discos compactos y otros medios. Este año se utilizó la imagen de una de sus obras, a tamaño natural, para invitar a la subasta anual Juannio y fue asimismo una de las principales atracciones en la retrospectiva del coleccionista John Gody, co-patrocinada por la Fundación Paiz para la Cultura y las Artes. En otras palabras, pasó del olvido temporal a ser un artista emblemático.

La producción artística de Francisco Tún planteó, desde el principio, serias discusiones en torno a su singular estilo. El resultado siempre fue más o menos el mismo: no hay clasificación y, más importante aún, no se parece al de ningún otro pintor anterior, de ese momento o con posterioridad a su etapa de creación, razón por la cual se acuñó la idea del artista cuya producción revestía un carácter único y excepcional. Al respecto, el propio Tún opinaba que «la gente entiende lo que dice cada cuadro… pero ustedes —refiriéndose a los críticos de arte— con eso del primitivismo, subrealismo (sic), simbolismo, arruinan las pinturas».

Aún así el ejercicio del análisis e interpretación de la obra, creemos, se hace necesario.
En un momento, por sus características, se pensó que las obras de Tún cabían dentro de la rica escuela popular del país. Lo anecdótico, la simplicidad de las formas contenidas dentro de amplios espacios abiertos —a pesar de ser éstos completamente antagónicos a la generalidad de la pintura popular— aunado a retratos de costumbres, validaban la idea. La necesidad, políticamente correcta de focalizar a un autor esencialmente indígena, pero ladinizado en la dinámica citadina, le sumó a su fama de artífice popular el agregado de urbano. Tún estaba sintetizando sus vivencias dentro del área marginal La Limonada y legando retratos reinterpretados de la ciudad de Guatemala.
Su fascinación por los conglomerados de edificios y la relación entre poblaciones, le llevó a obsesionarse por los caminos y sus entrecruces. De ese modo, sus personajes —no tan diminutos al principio— empezaron a recorrer largos trayectos hacia la escuela o peregrinajes que incluían las visitas dominicales a la iglesia, la cárcel y la cantina. Temas, los últimos dos, que reaparecen con frecuencia en su iconografía y que se suman a su constante necesidad de construir edificios de ciertas complicaciones.

El fruto del alcohol, la pieza que atrajo la atención de Edith Recourat en el concurso patrocinado por la Shell en 1969, es un claro ejemplo de lo que el artista producía en aquellos años. Ya compositivamente proponía en esta obra un orden diferente en lo espacial y una lógica interesante en la mezcla de colores. Dueño de una paleta irrepetible, sus pigmentos surgían de mezclas de saldos de pinturas industriales. Inicialmente, Francisco Tún realizó letreros comerciales en mantas y otros soportes, experiencia laboral que le permitió entender cómo hacer más perdurable su trabajo.

Entre los datos interesantes destaca su primera exposición personal. Dicha actividad tuvo lugar curiosamente en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, considerando que dicha institución formaba y forma artistas; que el director de la misma era un modernista apegado a los valores formales —Max Saravia Gual— y que entre el claustro académico destacaban figuras de sólida educación visual como Dagoberto Vásquez Castañeda o el paisajista Luis Álvarez, entre otros, se vuelve más que significativa su pintura en una sala nacional como la Enrique Acuña Orantes.
A la Universidad de San Carlos de Guatemala llegó en 1971. Su promotora —Recourat— creó un exhaustivo ejercicio de gestión que determinó una demanda extraordinaria de su trabajo para situarlo dentro de las colecciones más importantes de la época. Tanto intelectuales como coleccionistas se adentraron en la poesía que los trabajos ofrecían y lo vincularon con obras tales como la de Elmar Rojas, Efraín Recinos, Joyce, Luis Díaz o Arnoldo Ramírez Amaya, sólo por mencionar algunos nombres. Francisco Tún ascendía a una velocidad meteórica mayor que la de otros artistas de su propia generación.

Enfocando la atención hacia sus referentes se hace visible que su primera incursión a la Penitenciaría Central (edificio hoy desaparecido de las inmediaciones del Centro Cívico), siendo apenas un adolescente, quedó reflejada en múltiples obras. Los edificios circundantes —el recién construido Banco de Guatemala y otras edificaciones— fueron plasmados desde visiones centrípetas que no dejaban de ser autorretratos de sus miedos y cambiantes estados de ánimo.
En aquellas visiones el cielo azul, límpido, sin nubes, contrastaba con los colores lúgubres de los interiores de las distintas cárceles que habitó a lo largo de su vida. Los oscuros espacios cerrados en los que un fósforo alcanzaba a iluminar apenas su propia firma, logran dimensionar su lóbrego espíritu personal. Se ha vuelto célebre aquella habitación, de ventanas enrejadas, descuidadamente alineadas, en un formato de regular tamaño, que calzó con la rúbrica nuT, en lugar de Tún, acto que denota su enorme capacidad de conceptualizarse, con un mínimo de elementos, dentro de la psicología de cada uno de sus cuadros.
Cabe mencionar también las representaciones en las que narra, con rigurosa claridad, los componentes del poder que funcionan dentro de aquellos centros. En este sentido, supo perfilar a cada actor (policía, delincuente y la correspondiente corrupción) para dimensionar los focos de descomposición, aún vigentes, dentro de las prisiones del país.

En 1978 exhibe en la galería Urraca. Los contenidos de la colección, resumidos apenas en unas cuantas líneas y en tres o cuatro colores, reflejan la madurez por la que el artista había pasado en los últimos años. De sus pinturas desaparecieron las referencias obvias y la construcción compositiva se había refinado por encima de toda su producción anterior. Tún, como muchos artistas de aquella generación, tuvo que enfrentar la indiferencia hacia lo que estaba produciendo y los intereses de comercialización de los galeristas de la época que condicionaban descaradamente su trabajo. En otras palabras, o pintaba gente con casitas y caminitos o se sustraía del mercado. No tenía, en apariencia, alternativa. Contrario a lo que se espera de un artista de las características conductuales de Tún, adoptó la alternativa inevitable. Eso sí, a su manera.

Aun así resolvió sus propios fantasmas, creando nuevas iconografías y proponiendo perspectivas más audaces que permiten la apreciación desde múltiples puntos de vista. Para hablar con más claridad, en una sola pintura se pueden apreciar vistas interiores, exteriores, frontales y aéreas de un mismo edificio. Otra característica es que sus personajes se redujeron a mínimos tamaños y los coloridos se desbordaron en rojos, naranjas, amarillos y azules intensos.
Quizá el mejor ejemplo de lo anotado lo brinde La brama (1980), de la colección Monesco, ya que reúne muchos de los elementos descritos en el párrafo. En este sentido la pieza destaca porque tanto sus contenidos artísticos como los extra-artísticos se fusionan para provocar lo que un sensato crítico de arte podría definir como un goce de los sentidos. Las parejas, besándose en las esquinas de los coloridos edificios, frente a una fila de perros que cortejan a una hembra en brama, pasan a un segundo plano debido al esquema compositivo de la obra. La cantidad de información visual que Tún incluye en un limitado formato horizontal de 29 x 49.5 centímetros contrasta notablemente con los espacios de color, que no incluyen ningún tipo de forma. En este caso se percibe claramente lo eficaz de lo intuitivo en su creación. La pieza pasó desapercibida, sin embargo, en la segunda Bienal de Arte Paiz.

Su necesidad de expresión y la falta de recursos también le llevaron a intervenir objetos. De esta perspectiva existen jícaras, peines, tiestos, puertas, cunas y otra serie de muebles que tomaron nueva vida (se revaloraron para ser más exactos) bajo los pigmentos del autor. Entre las mejores piezas destacan la cuna de Pedro Solís Klüssmann (hoy ya convertida en obras de un formato convencional) y otras rarezas en manos de artistas como Erwin Guillermo y la colección Monesco. También hay que mencionar que en la Escuela Nacional de Artes Plásticas Rafael Rodríguez Padilla hay un objeto realizado con desechos de madera que representa una caja de lustre. La misma fue pintada de negro por el artista.

Entre 1978 y 1984 participó en diversidad de eventos. Su trabajo incluso, salió del país hacia Taiwán, junto con lo más representativo de la nación, bajo la comisaría de Zipacná de León. Su resistencia a volver a pintar al final del lapso mencionado surgió de la conciencia de estar siendo utilizado. Su último ingreso a una cárcel, en esta ocasión la de San Francisco, Panajachel, fue el motivo: ya se había hecho costumbre que cada vez que estaba preso sus «benefactores» le llevaban lienzos, pinceles y pinturas para financiar su salida o dependiendo del delito, su manutención y privilegios como interno. Esto, según la familia colmó su paciencia y le llevó a olvidarse de las galerías, subastas y demás actividades por estar lucrando con sus problemas. Según algunas fuentes contemporáneas, Tún jamás llegó a ver la recompensa económica por el esfuerzo creativo realizado dentro de las prisiones.

Aquellas últimas pinturas de Tún, comprendidas en el segundo período sugerido (1978-1984), de nuevo propusieron estatutos interesantes respecto a las cualidades técnicas del trabajo. Su legado puede apreciarse en muchas de las mejores colecciones de arte del país y sus acrílicos se exhiben junto a las obras de los artistas más destacados del siglo XX.

Una muestra inédita que apenas vio la luz en 2004, fue la serie de 26 dibujos que perteneció a la pinacoteca de Luis Ortiz y que ahora está distribuida dentro de un selecto círculo de coleccionistas. Se trata de varios apuntes sobre papel, a mano alzada, bidimensionales, realizados en tinta. La colección no tuvo oportunidad de ser expuesta y por ello quedo engavetada desde 1972. Aunque la muestra sí tuvo lugar en aquel momento, pero sólo incluyó los acrílicos.
La invitación se imprimió sobre el papel membretado de la galería La Reforma, así como otros de los bocetos que se exhibieron en 2004 y fue, durante muchos años, uno de los pocos dibujos conocidos del artista. En ella hay un texto que saca a luz la naturaleza de la exhibición: «Las pinturas de este pintor siempre sacan calor porque ablan (sic) de lo pior (sic) caramba que balor (sic)». El resto de su contenido también fue escrito por Tún. En efecto, los dibujos se adentran dentro de la problemática social del artista y, en cierta forma, de los sectores más populares del país. El mundo se resuelve a partir de evasiones fantásticas de una cárcel, la necesidad de vivienda adecuada, las cosechas y otra serie de actividades relacionadas con su entorno social.
Todos los temas —otra de sus características más recurrentes— son tratados desde la perspectiva de un refinado sentido del humor.

Su revaloración económica, que sobrepasa cualquier expectativa, se vuelve asunto secundario cuando se trata de exaltar los valores objetivos que constituyen las temáticas y desarrollo técnico en sus pinturas. La síntesis, básica en toda su propuesta, el colorido, esencial en la dimensión de su mundo, quedó para demostrar que la pintura de un guatemalteco estaba viva cuando la del resto del mundo estaba cediendo a la tentación de las nuevas modas estilísticas. La exaltación de los materiales utilizados también cuenta dentro del conjunto.

Francisco Tún es único y la fascinación por su trabajo continúa hasta hoy. Una apreciación y entendimiento mayores pareciera estar brindando reveladoras luces. El proceso incluye, sin habérselo propuesto nunca Tún, las posibilidades de una internacionalización espontánea.

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